Capítulo 7

capi7 Alejandro38: Como desees.

desdemona69: vas aprendiendo.

Alejandro se mordió el labio inferior algo confuso. Porque lo estaba. No cabía duda al respecto. Se sentía confuso por la situación que estaba viviendo y por la naturalidad de aquellas dos mujeres que habían prorrumpido en su vida pero, sobre todo, estaba confuso por la manera en que le había logrado excitar aquella conversación acerca de él que habían mantenido ambas y que demostraba su consistencia bajo la tela vaquera del pantalón y bajo la atenta mirada tanto de Desdémona como de Serena, si acaso aquellos eran sus nombres verdaderos.

Alejandro levantó la mirada porque ambas habían dejado de escribir y se encontró con la de Serena sobre su abultado paquete, observándolo con mirada coqueta.

—¿Lo ves? —escribió Desdémona—. ¿Te lo había dicho o no? Debajo de… bueno, de todo eso, se esconden cosas más gratas.

—Ya veo —dijo Serena sin darse cuenta de que Desdémona no podía escucharla—. Ya veo…

Estaba interpretando su papel a la perfección. Ya se lo habían dicho en el instituto, que era una persona con un talento innato para adaptarse a todas las situaciones. Y ella había sabido sacarle partido a su don, por supuesto.

El primero que se lo dijo (y quizá también el último, aunque ella no lo recordara así, por el eco tan potente con que aquellas palabras se habían repetido y quedado grabadas en su subconsciente) fue el señor Leiva, su profesor de filosofía, a quien había acosado y a quien finalmente se había tirado sobre la mesa de su despacho para que le pusiera un sobresaliente. El pobre profesor Leiva, tan recto, tan casado, tan serio, con aquellas frases tan tajantes pero al mismo tiempo enigmáticas, no opuso ninguna resistencia y accedió a todo lo que ella le pidió.

Después se mudó a Madrid para asistir a la universidad y se le ocurrió aquello. Sabía que gustaba a los hombres (y a algunas mujeres, sobre todo a las que no la envidiaban) y tenía que sacar provecho. La paupérrima beca que le habían concedido por sus sobresalientes notas al acabar la secundaria y el bachillerato no le eran suficientes para llevar la vida que ella había imaginado en la capital. Y serena era ambiciosa. Quería tenerlo todo.

Tenía veinte años. Era mayor de edad y podía hacer lo que le viniera en gana. Por eso lo hizo, se anunció en el periódico local de más tirada como señorita de compañía y al cabo de un par de días su teléfono acabó inundado de llamadas.

Se puso un precio. No iba a venderse por cualquier miseria. Y rechazó sin clemencia a todo aquel (o aquella) que no hubiera estado dispuesto a pagarlo de antemano.

Se hizo un nombre.

Sus servicios corrieron de boca en boca y al par de meses se encontró viviendo en un ático en serrano (bastante mejor, todo sea dicho, que el pobre apartamento en el que se encontraba ahora) mientras acudía puntualmente a sus clases de económicas y dirección de empresas en ICADE obteniendo brillantes resultados mientras que por las noches se convertía en Serena, a través de la que obtenía resultados igualmente brillantes solo que más húmedos.

Tenía serias dudas de que aquel chico tímido de barba desarreglada y que le miraba confundido fuera a pegarle la suma de euros que ella demandaba pero no le importó. No era feo. Y lo que se intuía bajo sus pantalones tampoco tenía mala pinta. Serena también tenía sus debilidades.

Observó al hombre que continuaba mirándola apoyado en el escritorio y le sonrió, adelantó la mano y tiró de la cadenita dorada que colgaba de su cuello para atraerlo hacia sí.

—Así que te llamas Alejandro —arqueó una ceja—. No te preocupes, que no soy detective ni nada parecido. Lo he descubierto porque ese es el nombre que aparece en el chat cuando escribo por ti.

Sin soltar la cadenita con la mano izquierda, se giró hacia el teclado y escribió:

—Muy bien. Estoy preparada.

Desdémona asintió complacida y después de hacer crujir sus dedos en un gesto que en serena despertó un par de carcajadas, frunció los labios como si se estuviera enfrentando a una decisión transcendental y escribió:

—Perfecto. Siéntale en la silla. Que me mire. Asegúrate siempre de que me mire. Y desentumécele un poquito, anda.

Serena asintió ante sus palabras e hizo lo que Desdémona le había ordenado. Lanzó a Alejandro, que a estas alturas tenía la agilidad de un mueble, y del impulso, con Alejandro sentado de piernas abiertas y el semblante sorprendido, la silla se deslizó rodando hacia atrás, de modo que Alejandro quedó visible de cuerpo entero para Desdémona, que observaba todo con atención desde su lugar en la pantalla.

Serena se sentó a horcajadas sobre él y le sujetó la cara por la barbilla áspera de barba de varios días para colocarla en el ángulo oportuno.

—Mírala. Ya lo has leído.

Alejandro asintió como un autómata y se dejó hacer. De todos modos, no podía hacer otra cosa. Y dentro de él, en esa parte de su cerebro que no estaba bloqueada y que aún pensaba por sí misma, ni quería.

Serena sonrió. Aunque más bien se sonrió a sí misma. Alejandro no la estaba mirando y una sonrisa como aquella no tenía sentido si nadie la veía. Así que decidió convertirse también en el objeto de aquel gesto, que incluso por muy estudiado, aún no había perdido su naturalidad.

Le acarició la cara cuando comprobó que sus ojos habían quedado fijos en la chica del ordenador y continuó bajando por su cuello, lenta y suavemente, hacia su pecho, donde revolvió juguetona el vello que lo cubría y donde, además, le pellizcó con fuerza uno de sus pezones. Tenía que hacerle despertar de su letargo. Sabía hacerlo. No volvería a llamarse Serena si no lo lograba.

Después, se inclinó para besarle el cuello. También muy despacio. Posando un beso húmedo tras otro mientras recorría el mismo camino que segundos antes había recorrido su mano. No se escuchaba nada en la habitación excepto el ronroneo del ordenador y el sonido de sus labios succionando levemente la piel de aquel hombre que le estaba dejando un amargo regusto a colonia en el paladar.

Le excitaba aquel sonido de sus besos. Y a él también. Podía comprobarlo a través de cómo había comenzado a respirar entrecortadamente bajo sus pechos y por cómo el bulto de sus pantalones había comenzado a ganar tamaño de nuevo bajo sus piernas, que lo oprimían.

Sopló allí donde su saliva había dejado rastro para enfriar su piel y producir escalofríos y, lentamente de nuevo, comenzó a besarle en el lado contrario del cuello mientras acariciaba su cara áspera con la mano que tenía libre, ya que la otra la tenía asida fuertemente al respaldo de aquella silla giratoria donde se encontraban para evitar que él se moviera.

Pero no tenía por qué preocuparse porque Alejandro no lo iba a hacer. Contemplaba embelesado la imagen de Desdémona mientras ella le basaba, y que desde su silla, girando distraídamente a un lado y a otro, observaba la escena complacida, sabiendo que aquel espectáculo era para ella, solo para ella. Le sonreía mientras se mordisqueaba el dedo meñique y se acariciaba con ternura la piel que había debajo de la tira negra del sujetador que aún llevaba puesta.

Serena entonces se separó de Alejandro después de recorrerle con los labios la piel que iba desde el cuello hasta su pezón izquierdo y le miró antes de pasar de nuevo a la acción. La respiración entrecortada de él seguía excitándola, así como también lo hacía el hecho de que Alejandro aún no hubiera movido un solo dedo para tocarla. Le gustaba follar así, despacio, sin prisas. Así es como se lo demandaba a sus amantes, hastiada por que sus clientes, nada más verla, se abalanzaran contra ella para ponerle las garras encima de las tetas.

Se inclinó otra vez sobre él y sin dejarle reaccionar aún, acercó su boca y sus labios al pezón que acababa de humedecer con sus besos y se lo mordió. Al principio fue un mordisco suave, tan solo lo cercó con sus dientes y apretó suavemente. Una vez preso por aquella dentadura tan blanca, adelantó su lengua y comenzó a acariciárselo a un ritmo rápido. El mismo ritmo al que esa misma lengua le impondría más tarde a otras partes más duras de su fisionomía.

Pero después fue cuando tiró. Tras chupárselo durante unos segundos y en el momento en que supo que él no se lo esperaría, apretó los dientes de nuevo y tiró del pezón hacia sí como si en realidad quisiera arrancárselo.

No pudo evitarlo. Alejandro exhaló un gemido de dolor mientras cerraba los ojos. Sí. Así era como tenía que pasar. Debía enfurecerlo. Cabrearlo incluso. Sacar al hombre que llevaba dentro y darle a la chica morena que daba órdenes el espectáculo que quería contemplar.

Alejandro no sabía si lo que estaba sintiendo era dolor o placer, pero percibió nacer perfectamente aquel sonido gutural en su garganta y deslizarse por la cara interior de su cuello rasgándosela hasta que salió de su cuerpo como si llevara reteniéndolo durante mucho tiempo. Toda su vida, a lo mejor.

Desdémona sonrió ante el gesto de Alejandro. No podía escucharle, pero verle perder el control, gemir, cerrar los ojos y arquear la espalda ante el mordisco de Serena le estaba demostrando que no había sido precisamente un error llamar a aquella chica cuyo anuncio había visto aquella mañana.

Serena se inclinó hacia detrás arqueando la espalda y flexionándose como una contorsionista experta, sujetándose a la silla y bocabajo, la miró dejando a la vista el lugar brillante y enrojecido donde se había producido el mordisco en el cuerpo de Alejandro.

Desdémona asintió y escribió:

—Quítate ahora el sujetador. Haz que ahora te mire a ti si puedes. A ver cuál de las dos logra atraer su atención.

Serena volvió a su posición y lanzando de nuevo con fuerza a Alejandro hacia el respaldo, se llevó las manos a la espalda para desabrochárselo.

Lo había comprado aquella misma mañana. Le gustaba estrenar ropa interior nueva cada noche. Hacía que cada cliente fuera diferente.

El que llevaba puesto aquella noche era negro, a juego en el tanga. No tenía grandes adornos, tan solo un par de puntadas algo más artísticas en las costuras con hilo rojo a juego con sus zapatos y poco más. No le gustaban los sujetadores estridentes, prefería que hablara más alto lo que había debajo. Pero al mismo tiempo sabía que su álter-ego, Serena, era una puta. Una puta de lujo, además. Sabía que sus clientes la contrataban también por el espectáculo. Para echar un polvo, podían contratar a cualquier otra de la calle Montera.

Con un leve chasquido se desabrochó el sujetador y dejó que se le deslizara por los brazos hasta que cayó sobre el regazo de Alejandro que, de esa manera, dejó de mirar a la pantalla y la observó a ella por unos instantes.

Lo que vio hizo que se le abriera la boca y comenzara a salivar inconscientemente. Ante él, dos pechos redondos, casi esféricos, se levantaban como si la gravedad no funcionara para ellos. Eran blancos. Tan blancos como la piel de aquella chica que decía llamarse Serena y sus pezones le apuntaban erectos y rosados, haciendo que Alejandro sintiera ganas de decir que le habían disparado directamente al corazón (o a la entrepierna) y que le habían dejado bien muertos.

Levantó la vista de aquellos dos pechos que le dejaban sin respiración durante un momento y cuando lo hizo se cruzó con la de Desdémona que observaba sus reacciones algo socarrona y que había comenzado a quitarse el sujetador al mismo tiempo.

Alejandro no sabía dónde mirar.

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2 comentarios to “Capítulo 7”

  1. Acabo de descubrir tu blog y quería felicitarte por lo bien que escribes.
    Me he tenido que leer del tiron los 7 capítulos!!!

    Voya estar muy atenta a ver como sigue la historia…que realmente me parece muy morbosa…jijiji

    Un besito

    http://elmundodelolitashowblogspot.com

  2. Pilar Says:

    Creo que es bueno. Mueve la libido.
    Los componentes de la historia de por sí son morbosos. Engancha. Esperas al siguiente capítulo para continuar porque lo necesitas. El primero se me hizo un poco largo. A partir del segundo marcha, ya lo creo. Tiene el ritmo que tiene que tener. Dale caña.
    Bss

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