Capítulo 6

capi6 Alejandro38: ¿No es un poco paradito, quizá?

desdemona69: No te preocupes. Yo sé cómo hacer que despierte

Era una chica rubia. Menuda. En efecto, como Alejandro había pensado al escuchar su voz, muy joven. ¿Unos veinte o veintiún años, quizá? Tenía el pelo algo mojado, claro indicio de la lluvia que caía en el exterior, y un abrigo ancho que casi le llegaba hasta los tobillos.

Alejandro se había quedado paralizado al escuchar el timbre de la puerta y no supo qué hacer. Desdémona le preguntó que qué le pasaba y hasta que no se lo hubo explicado y ella le indicara que se levantase a abrir, no habría sido capaz de reaccionar.

Dejó el vaso de whisky sobre el escritorio y se levantó tal cual estaba, el cigarrillo a medio consumir entre los labios, la camisa desbrochada y la tienda de campaña bailándole bajo los pantalones vaqueros que se había manchado de mantequilla ese mismo día durante aquel desayuno que ahora le parecía tan lejano.

—Soy Serena.

La invitó a pasar. Educadamente, le retiró el abrigo. Estaba mojado. No supo qué hacer con él así que lo dejó sobre el sofá. La chica se adelantó unos pasos, algo vacilantes, y le dio la espalda. Alejandro tuvo que contener la respiración cuando la miró de nuevo porque no esperaba que debajo de aquel abrigo tan solo llevara el sujetador, un minúsculo tanga y un liguero que le sostenía un par de medias de rejilla que terminaban en un par de zapatos de charol rojo de tacón de aguja. No tuvo que pensar mucho para deducir a quién había llamado: Era una puta.

Alejandro arqueó una ceja y dejó que el cigarrillo se le cayera al suelo por efecto de su boca abierta. No era la primera vez que acudía a una puta. De hecho, era la tercera. La primera vez había sido durante su adolescencia, justo después de acabar el instituto, en la fiesta de fin de curso, henchido de alcohol y algún que otro estupefaciente, tanto a él como a sus amigos se les ocurrió ir en coche a la Casa de Campo con el recién estrenado carné de conducir y coche de segunda mano de uno de ellos para que una puta les hiciera una mamada con la que celebrar el fin de curso.

Llegaron, aparcaron, y se lo dijeron a la primera que vieron: Un travesti que pesaba más de mil toneladas y que apenas cabía en la parte trasera del coche donde Alejandro y dos de sus amigos, con las carcajadas bailándoles en la garganta, los pantalones bajados y las pollas empalmadas, la esperaban.

La segunda vez fue más por pena que por excitación. Estaba en un congreso de escritores en una ciudad de provincias. No podía dormir en el hotel porque le habían metido en una habitación sin calefacción a pesar de estar en medio de la sierra de Gredos en pleno mes de enero y se le había terminado el tabaco. Así que salió de madrugada y entró en el único bar que encontró abierto y que resultó ser un burdel. Después de sacar su consabido paquete de Marlboro de la máquina (casi el doble de caro de lo que le habría resultado comprarlo en un bar normal, pero al que acabó accediendo porque la necesidad le urgía) se dio la vuelta y la vio. Estaba llorando en un rincón susurrando en un idioma que no entendía. Se acercó a ver si necesitaba algo y la chica se le colgó del cuello y comenzó a besarlo. Alejandro no pudo pararla y después de llevarle a una habitación en las traseras del local sin darle opción a rechistar y después de hacerle algo más que una mamada pero que Alejandro no sintió como excitante, adelantó la palma de la mano y dijo “cincuenta euros” con un acento chocante en el que las erres aparecían más marcadas de lo normal. Alejandro la pagó y salió del local algo confundido, sin saber si podía siquiera consolarse con el hecho de pensar que había hecho, digamos, una buena acción.

—¿Quieres tomar algo? —le preguntó más por romper el hielo que por otra razón. En ese momento se dio cuenta de que la chica, Serena, tiritaba. Debía de haberse mojado bastante—. ¿Subo la calefacción?

La chica se dio la vuelta y le sonrió. Su sonrisa no tenía nada que ver con la de Desdémona. Era diferente. Quizá fuera fingida, pero en todo caso, diferente. La sonrisa encajaba a la perfección con su dentadura completamente blanca y alineada. Los labios, afinadamente perfilados y pintados de un rojo intenso, propiciaban el contraste con sus dientes. Alejandro pensó que si estuvieran en el siglo XVI y él fuera Petrarca, seguramente le habría dicho aquello de los dientes como perlas para conquistarla y sonrió para sus adentros por las jugadas extrañas y por los ridículos enlaces que establecía su cerebro para aplacar su tensión.

—No te preocupes —dijo ella con una voz melosa y sensualmente impostada mientras daba un par de pasos hacia él—. Solo me he mojado un poco al bajar del taxi, nada que otro tipo de calor no pueda secarme.

Llegó hasta él y le colocó las palmas sobre el pecho desnudo. Alejandro sintió sus manos frías sobre su propia piel y dejó que un escalofrío le recorriera la espalda. Aquella chica era toda una profesional y sabía perfectamente a lo que había acudido a aquella dirección. Quien no lo tenía tan claro era él.

—¿Y bien? —le dijo ella mirándole a los ojos desde abajo, ya que Alejandro le sacaba cerca de una cabeza y media, apoyándose un poco más contra él, haciéndole trastabillar y dar un par de pasos hacia atrás —¿Qué quieres que te haga?

Alejandro abrió mucho los ojos ante aquella pregunta y resopló mirando fijamente a la pantalla del ordenador, desde donde la imagen de Desdémona les miraba atentamente ocupando casi la mitad del espacio del monitor.

La chica rubia frunció un poco el ceño al observar su reacción y se dio la vuelta para descubrir qué era lo que estaba mirando él. Cuando lo hizo, Desdémona agitó la mano a modo de saludo divertida y la sonrió. Entonces ella se separó de Alejandro suavemente (no sin antes acariciarle el pecho) y se acercó al ordenador. En efecto, aquella otra chica morena les estaba mirando a ellos.

Serena sonrió y miró a Alejandro adivinando al instante el entramado de razones por las que le había llamado aquel hombre que se mostraba tan tenso. Pobrecito, pensó, seguramente fuera un hombre tímido. Se le notaba a la legua. Dejó escapar una especie de carcajada que más pareció un gorjeo cantarín que otra cosa. Cogió un cigarrillo del paquete que había sobre la mesa, lo encendió y se adelantó un nuevo paso hacia Alejandro tendiéndole la mano. Un hombre tímido. Su especialidad. Ella siempre sabía qué hacer para que dejaran de serlo.

—¿Es tu mujer? ¿Tu novia? ¿Estáis lejos y os echáis de menos y quieres que me folles? ¿O quiere que hagamos otra cosa?

—Sí… —respondió él.

—¿“Sí” a cuál de mis preguntas?

Ante la pasividad de él, Serena volvió a darse la vuelta y comprobó que Desdémona les estaba haciendo gestos para que se acercara a la pantalla. Cuando lo hizo, escribió:

—Quiero que hagáis todo lo que yo os pida. No te preocupes. Te pagaremos bien.

Serena leyó aquellas palabras mientras le daba una calda al cigarrillo y dejaba escapar el humo lateralmente, de manera un poco chabacana que contrastaba con su forma de mover el resto de su cuerpo, tan sensual y elegante sobre aquellos zapatos brillantes de tacón de aguja.

—¿Estás segura? —se atrevió a escribir utilizando el teclado de Alejandro—. Me da la sensación de que el tipo es un poco… paradito.

Desdémona se rió ante aquella observación de la chica rubia y le respondió:

—No te preocupes. Yo sabré hacer que se despierte.

Movido por la curiosidad, Alejandro (era escritor y, al fin y al cabo, la curiosidad formaba parte de su esencia incluso en circunstancias tan límites como aquella) se había acercado a donde ambas chicas se estaban comunicando y observaba impertérrito la conversación.

—Mírale —le dijo Desdémona a Serena—. ¿No te parece mono?

—Es guapo, no te lo voy a negar.

—Y él tampoco nos negará nada a nosotras, te lo aseguro.

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