Capítulo 4

capi4 Alejandro38: No entiendo qué es lo que quieres que haga.

desdemona69: seguir mis órdenes. sin preguntar. eso es lo que me gusta. eso es lo que quiero que hagas.

No pudo dormir en toda la noche. Aquella mañana Alejandro ocultaba sus ojeras bajo las gafas de sol mientras salía a desayunar a la cafetería que había bajo su casa y donde solía hacerlo. Pidió un café bien cargado y un par de tostadas y, mientras disfrutaba del primer cigarrillo del día, abrió la prensa por la última página y se dispuso a leer. Exactamente lo mismo que llevaba haciendo tanto tiempo que ni recordaba. Ya no hacía siquiera falta que pidiera el desayuno al camarero de la barra, en cuanto le veían entrar, se lo servían. Incluso podría decirse que tenía reservada la misma mesa todos los días.

Sin embargo, a pesar de lo rutinario y conocido de aquella actividad, no pudo concentrarse lo más mínimo. Las letras le bailaban sobre el papel, el café acabó enfriándosele y la tostada acabó sobre el pantalón. Del revés. Del lado de la mantequilla. Pero lo del pantalón le importó poco, a fin de cuentas, ya estaba sucio. Hacía más de dos meses que no echaba a lavar aquel vaquero. Lo que realmente le preocupaba era el por qué de aquella distracción. Por qué no era capaz de quitarse la imagen de Desdémona de la cabeza.

Aunque tuviera el periódico delante, lo único que veían sus retinas eran las tetas de Desdémona apretadas en la pantalla del ordenador, como si se hubiera congelado aquella imagen en su cerebro. Desdémona sonriendo mientras se acariciaba los pechos. Desdémona fumando mientras le miraba masturbarse. Desdémona pícara mordiéndose el dedo índice. Desdémona. Desdémona. Desdémona.

No lo entendía. Solo había entrado a aquel chat como algo circunstancial. Algo en lo que inspirarse para la novela. En ningún momento había pensado repetirlo. Pero ahora, con el café frío, la tostada a medio comer y el periódico definitivamente sin leer, lo único que podía hacer era esperar a que pasaran las horas en el reloj y llegara la noche para poder conectarse otra vez y buscar a Desdémona.

Se decía que era normal querer conectarse al chat de nuevo. Que tenía una idea para la novela en la punta de la lengua (¿o en la punta de otra parte del cuerpo?) pero que no sabía qué y necesitaba seguir experimentando, llegar a donde Desdémona quisiera hacerle llegar aquella vez. Solo esperaba encontrarla.

Por eso se sentó después de cenar delante del ordenador y volvió a pulsar todas aquellas teclas verdes que le abrían el camino hacia donde realmente quería llegar. Se puso el mismo seudónimo para que le reconociera, encendió un cigarrillo de la misma marca del día anterior (la misma marca de siempre, a decir verdad, había bastantes cosas que a Alejandro le gustara que cambiaran y entre ellas estaban sus Marlboro de toda la vida) y contuvo la respiración. Pero no tuvo que contenerla durante mucho tiempo: Desdémona acababa de encontrarle y de solicitar una conversación con él. Alejandro aceptó.

—¿Otra vez por aquí?

Desdémona llevaba también el mismo sujetador del día anterior y a Alejandro le gustó reconocerlo. Le gustó reconocer el lunar que tenía al lado del ojo derecho, los movimientos suaves pero certeros que hacía con la mano que sostenía el cigarrillo y con cuyos dedos se acariciaba la comisura de la boca de vez en cuando y aquella sonrisa que, con solo recordarla, era capaz de provocarle la más dura de todas las erecciones que había tenido nunca.

Pero ¿por qué le estaba pasando aquello? No lo comprendía. Era recordarlo. Recordar lo que había pasado la noche anterior lo que le ponía tan cachondo. A simple vista no había sido nada. Solo se había masturbado delante de una chica. Nada fuera de lo común. Ni siquiera algo realmente excitante o real. Eso. Nada real. Cada uno estaba en su casa y les separaba, ¿quién sabe? Hasta un mar de distancia, por poner una medida.

No había sido la paja. No. Había sido algo más. El camino que le había llevado a ella. El sentirse completamente dependiente de aquella desconocida. Que aquella chica le dijera qué hacer y él obedeciera y a ella le gustara. Era eso. El sentirse completamente dependiente de ella lo que le estaba haciendo volver a encontrarla aquella noche aunque no supiera reconocerlo. Aunque no quisiera. Aunque asumir su debilidad ante Desdémona fuera algo que ni se le hubiera pasado por la cabeza.

Porque estaba más concentrado en que se le pasaran otras imágenes mucho más placenteras.

Como, por ejemplo, la que estaba viendo ahora. Como Desdémona poniéndose el cigarrillo entre los dientes, sonriéndole (a él), como Desdémona volviéndose a hacer aquel recogido que dejaba a la vista su cuello seguramente más que suave al tacto y al gusto (de él), o como Desdémona cerrando los ojos y estirando ese mismo cuello a un lado ya otro para descontusionarlo (ante los ojos de él) consciente de que Alejandro la estaba mirando mientras fumaba con avidez descontrolada.

Solo podía ver su busto, la cámara no le proporcionaba la vista de su cuerpo completo. Pero a él le era suficiente. Lo demás prefería imaginárselo. En ráfagas veloces le llegaban imágenes de una Desdémona sin ropa interior, con las piernas abiertas, tocándose la vulva suavemente con la mano que no tenía a la vista mientras le miraba a él y era consciente de estar poniéndole cachondo. Le gustaba eso. Que Desdémona, en aquel momento, existiera allí, con ese nombre falso, con esa seguridad impostada, con aquella personalidad electrizante, para él, solo para él.

—No tenía nada mejor que hacer.

—¿Soy un segundo plato entonces? —escribió ella haciendo una mueca de sorpresa exagerada que terminó en una carcajada. En una sola. Una que Alejandro no llegó a escuchar pero cuyo sonido imaginado volvió a dejarle descargas eléctricas por toda la espalda.

—Dicen que los entrantes solo son un aperitivo para el plato principal.

—Entonces dices que soy el plato principal. Eso me gusta más.

—Me alegro.

—Hoy estás más elocuente.

—Hoy soy un día más sabio.

—¿Y a pesar de eso has vuelto? ¿Por qué?

—Por eso, porque sé lo que quiero.

—¿Y qué quieres?

—A ti, ahora, claro.

Desdémona volvió a reírse y después se pasó la lengua por entre los dientes, mirándole casi con desprecio, sabiéndose superior, sabiéndose la que controlaba la situación, sabiendo que aquel gesto nervioso de Alejandro de fumar compulsivamente, aquellas palabras sin verdadero significado, lo único que hacían era ocultar su inseguridad ante lo que estaban viviendo.

—Me gustabas más ayer, cuando no sabías qué hacer ni qué decir.

—¿Por qué?

—Lo puedes imaginar.

—Mi imaginación no funciona cuando te tengo delante.

—Mejor. Déjame imaginar por ti entonces.

Y, sin darse cuenta, Alejandro llegó al punto que buscaba desde aquella mañana. Ese en el que Desdémona pensara por él, le dijera qué tenía que hacer. Porque era eso, sentirse su juguete personal, lo que le excitaba.

No dijo nada, se limitó a mostrarle una media sonrisa enmarcada por la sombra de barba de varios días y por los hoyuelos que se le formaban en las mejillas y a cruzarse de brazos detrás de la cabeza e inclinarse un poco hacia atrás, haciendo que los botones de su camisa medio desabrochada mostraran parte de su pecho en una clara invitación a que Desdémona trabajara por él.

—Empieza por desabrocharte la camisa. Me gustan los hombres que llevan la camisa desabrochada. Da un toque de elegancia.

Alejandro volvió a sonreír y asintió. Se puso el cigarrillo entre los labios y sin dejar de mirar a la cámara, como si la estuviera mirando a ella a los ojos, con una mirada entre cómplice y pícara, empezó a desabrocharse los botones que le restaban lentamente hasta que aquella camisa a rayas tan clásica quedó completamente desabrochada. Alejandro sintió un nuevo escalofrío pero no supo identificar si era por mostrarse tan vulnerable delante de aquella chica o porque realmente hiciera frío en la habitación.

—Muy bien, Alejandro. Así me gusta.

Desdémona sonrió complacida y se puso uno de los mechones que escapaban de su recogido detrás de la oreja. A Alejandro le encantaba que Desdémona hiciera aquello.

—Ahora sírvete un vaso de whisky como el que tenías ayer sobre la mesa. Lo necesitarás.

Alejandro volvió a obedecer sin rechistar. Se levantó y su imagen en la pantalla mostró una silla vacía mientras él iba hacia el mueble bar y se servía una copa de una de las botellas, que estaba ya casi en las últimas después de todo el alcohol ingerido en busca de la inspiración durante los últimos días, fue al congelador y echó un par de cubitos de hielos en el vaso de fondo grueso y volvió a sentarse. Levantó el vaso a modo de brindis y le dio un sorbo. Desdémona sonrió complacida.

—Ahora coge el teléfono y marca este número.

Alejandro no pudo evitar hacer una mueca de desconcierto. ¿Qué le estaba pidiendo hacer? ¿Era su número el que ella acababa de escribir y que aparecía claramente en la pantalla de su ordenador? ¿Quería que la llamara?

—No entiendo qué es lo que quieres que haga —se atrevió a escribir aun con su teléfono móvil en la mano.

—Seguir mis órdenes —escribió ella con semblante divertido—. Sin preguntar. Eso es lo que me gusta. Eso es lo que quiero que hagas

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