Capítulo 3

capi3 Alejandro38: Creo que voy a correrme

desdemona69: esas cosas no se creen. se saben

A ella le gustaba que hubiera pasado. Le gustaba también que él todavía no se hubiera dado cuenta de que tenía la polla fuera. Se mordisqueó traviesa el dedo índice y no pudo evitar pasear un poco la lengua por su yema antes de quitárselo de la boca. La polla de él, cuando hizo aquel gesto, volvió a vibrar por sí sola. Ella, en su cuerpo, sintió un cosquilleo cálido y conocido que empezaba a recorrerle la cara interior de los muslos y subía hacia el estómago. Le tenía en sus manos.

Alejandro se había quedado tan extasiado mirando cómo la chica se acariciaba a sí misma que cuando amplió su rango de visión y comprobó que la polla se le había salido del bóxer, tuvo un arrebato de vergüenza y se la guardó dentro de nuevo, mientras el corazón le latía a mil por hora, no sabía si por la excitación o por la repentina timidez.

—No lo hagas —escribió ella sin dejar de mirar fijamente a la cámara—. Me gustaba.

Alejandro se quedó quieto mientras leía aquellas palabras de la chica. De nuevo volvía a sentirse dentro de su cuerpo, con aquellos miembros, no precisamente el que se le acababa de escapar por el bóxer, que le sobraban y con los que no sabía qué hacer. Siguió de pie, mirando a la pantalla, contemplando cómo la expresión pícara y divertida de la chica le estaba excitando más que cualquier foto pornográfica que había visto en sus paseos por internet con la intención de inspirarse para su novela. O quizá, más bien, con la excusa de inspirarse.

Se sentó de nuevo sobre la silla y encendió un nuevo cigarrillo mientras la chica seguía mirándole y se balanceaba sobre su silla giratoria como analizándole de nuevo. Alejandro pensó que no hacía falta que lo hiciera. Había adivinado su precio y ya hacía tiempo que le había comprado. No pensaba separarse del ordenador hasta que ella se lo ordenara.

—Ahora quítate la camiseta, ya me he cansado de verte vestido.

Alejandro obedeció. Se quitó aquella camiseta blanca con el agujero hecho por la quemadura rápidamente y la lanzó al otro extremo de la habitación. Sonrió y se mesó la barba en un gesto inconsciente.

—¿Así? —escribió.

—Mucho mejor —escribió ella.

—No sé cómo te llamas.

—Soy Desdémona. Llámame así.

—La esposa de Otelo.

—No, simplemente yo.

Alejandro sonrió complacido. No se había dado cuenta, pero mientras estaba escribiendo, se había estado acariciando el pecho desnudo, había estado jugando con sus pezones erectos, no sabía si por el frío o por la excitación, y la cruz dorada sobre su pecho bailaba al compás con que su mano rozaba su piel.

—Sigue haciéndolo.

—¿El qué?

—Tocarte.

Alejandro se relamió los labios y se echó hacia atrás en la silla. Se estiró. Tenía la espalda entumecida de tantas horas sentado frente al ordenador y le sentó bien. Cruzó las manos tras la nuca y miró de nuevo a su imagen en la pantalla. Estaba sonriendo. Y Desdémona también.

Alejandro se pasó la lengua por entre los dientes y arqueó una ceja. Le gustaba que Desdémona le mirara, que le observara, que le midiera. Siguió acariciándose el pecho suavemente, casi en un baile con una coreografía estudiada. De los labios, pasaba con el dedo índice, sin levantarlo de su piel, al cuello, de ahí bajaba al pecho y enredaba el dedo en los caracolillos que el vello formaba sobre su cuerpo, acariciaba primero un pezón, oscuro y ovalado, ya endurecido, luego el otro. Recorría la cruz que formaba su pecho sobre su torso, bajaba al estómago, recorría el caminillo de hormigas que le subía desde el bajo vientre hasta por encima del ombligo. Se estaba divirtiendo. La novela había pasado a un completo segundo plano y ahora lo único que quería hacer era disfrutar delante de la webcam.

Satisfecha, Desdémona se separó un poco para que Alejandro pudiera apreciar su imagen de una manera mucho más completa y no solo en un primer plano de su cara. Alejandro suspiró sin dejar de acariciarse. Se mordió los labios. Ella sonrió. No del todo. Quizá solo fue una media sonrisa que podría haber pasado incluso por tímida, pero después de los minutos que llevaban observándose, Alejandro sabía que aquella sonrisa era cualquier cosa menos tímida. Era una mera careta.

Como si le doliera la espalda, Desdémona se llevó la mano derecha a su nuca, que comenzó a acariciar con algo de presión y fuerza, como haciéndose un masaje. Cerró los ojos y comenzó a respirar entrecortadamente, con la cabeza levantada. Alejandro sabía que estaba fingiendo, sus gestos eran demasiado exagerados, pero no le importaba. Le estaba excitando. Ella echó la cabeza hacia atrás y abrió los ojos, esta vez, sonriendo más ampliamente.

Con ambas manos a la espalda, se desabrochó el sujetador, que cayó suavemente, dejando paso a la visión de sus dos pechos desnudos. No eran muy grandes, pero a Alejandro le parecieron más que suficiente, se la imaginó caminando sin sujetador, con aquellos dos pechos bajo una camiseta ajustada, moviéndose al compás de sus pasos y a él dándose la vuelta disimuladamente al verla pasar junto a él por una acera demasiado estrecha para observarlos de nuevo.

Hizo un gesto de asentimiento y sonrió para que ella siguiera mostrándose frente a la cámara como quisiera. Sin embargo, ella hizo como que no lo percibía. Alejandro no estaba al otro lado de la pantalla para darle órdenes. Ese era su cometido. El de él, seguirla en lo que le dijera.

Desdémona le sonrió desde el otro lado de la pantalla y se deshizo el recogido de su pelo haciendo que la melena cayera por sus hombros. Agitó la cabeza para que se moviera con más libertad y volvió a mirarle después mientras que con el mismo dedo índice con el que antes se había estado paseando por su canalillo y por sus labios entreabiertos, comenzaba a acariciarse los pezones. Primero lentamente, con la uña. Alejandro llevó la mano inconscientemente hacia su paquete, su polla hacía tiempo que había empezado a crecer y, junto a Desdémona, controlaba todos los movimientos de Alejandro. Alejandro lo pensó, que en ese momento, Desdémona y su polla eran una. Le habría gustado que fuera así también físicamente y que no les separara la distancia del ordenador.

Pero no pudo pensar mucho más, Desdémona seguía recorriendo el contorno de sus aureolas con ambas manos. Eran amplias, mucho más amplias de lo que Alejandro hubiera imaginado en un principio. No le encajaban con el tamaño de sus pechos, pero aquella desproporción hizo que le gustara aún más. Sintió su boca salivar. Desdémona se humedecía los labios mientras se acariciaba suavemente aquellos pezones oscuros con los dedos sin dejar de mirarle. Alejandro seguía acariciándose la polla por encima del calzoncillo sin darse cuenta de que lo estaba haciendo.

Le excitaba. Había visto infinidad de vídeos porno en los que chicas desinhibidas se tocaban y hacían gestos lascivos hacia la cámara y ninguno había llegado a excitarle tanto como lo que estaba viendo en esos momentos. Aquellas chicas se tocaban para sí mismas, lo mismo podría ser él quien estuviera detrás de la pantalla o cualquiera. Sin embargo, Desdémona se estaba tocando para él, le estaba sonriendo a él, estaba disfrutando con la imagen de él. Era por él por lo que estaban frente a frente. Eso le excitaba más que nada.

Desdémona se sujeto ambas tetas con sus manos, como si llevara un sujetador de piel y dedos que las sostenían dejando los pezones erectos apuntándole a él. No pudo más y tuvo que encender un nuevo cigarrillo. Ella se rió. La expresión de Alejandro tuvo que ser divertida debido al soplido con el que aprovechó para exhalar el humo de la primera calada del cigarrillo.

Ella se inclinó hacia delante y escribió.

—Ahora quítate el calzoncillo. Me he cansado de juegos.

Alejandro se colocó el cigarrillo en la comisura de los labios, como un James Dean pasado de años y sonrió. Haría todo lo que ella le ordenara. Se levantó y se tiró del calzoncillo hacia abajo. Con la presión del movimiento, su polla rebotó unos instantes y él tuvo que gemir ante la mezcla de dolor y pasión que acababa de sentir. Le encantaba cuando las chicas con las que se acostaba le hicieran aquello justo antes de metérsela en la boca.

Ya desnudo, le dio una nueva calada al cigarrillo y la miró. Ella se había pasado la lengua entre los labios en una clara invitación que sería más que invitación si no les separara la distancia incierta de internet. Inclinó la cabeza y Alejandro se sentó.

—Ahora comienza a masturbarte. Primero hazlo suavemente. No quiero que te corras en dos minutos como un crío de teta.

—Un niño de tetas es lo que soy —se animó a escribir Alejandro presa de la excitación.

—Pues tetas tendrás, si es lo que quieres.

Desdémona se echó hacia delante y dejó que sus tetas ocuparan toda la pantalla, sosteniéndoselas con ambas manos, apretándoselas, haciendo que diera la sensación de que ambas quisieran escapar a través de la webcam para llegar hasta Alejandro, que comenzó a masturbarse echado hacia atrás en su silla. Sostuvo su polla con la mano derecha y comenzó un masaje lento que le hizo salivar y aumentar los latidos de su corazón.

Intentó no cerrar los ojos para no perderse la visión de aquellos dos pechos de apariencia suave y jugosa, pero tuvo que hacerlo mientras gimió cuando recibió por primera vez las oleadas del placer. Intentaba no hacerlo, también intentaba controlar la velocidad con la que se estaba masturbando, pero no podía. Necesitaba correrse, era su único objetivo, correrse delante de Desdémona y que ella viera cómo su leche inundaba su piel por ella, que ella viera lo que su mera imagen había logrado con su cuerpo, haciéndole perder todo atisbo de voluntad.

—Muy bien, sigue así —pudo leer Alejandro sobre la pantalla cuando logró entreabrir los ojos.

Aquello fue suficiente para que continuara, era la libertad que llevaba esperando de Desdémona. Correrse como tenía que hacerlo, como no podía esperar a hacerlo.

Ella, mientras tanto, había encendido un cigarrillo y disfrutaba de la visión de un Alejandro excitado y desbocado mientras se acariciaba con parsimonia las mismas tetas que a Alejandro le habría gustado chupar y acariciar. Se había separado un poco de la pantalla. Tenía las piernas abiertas, pero todavía llevaba las braguitas puestas. Eran negras. De tul y encaje. Transparentes. A juego con el sujetador que minutos antes se había quitado. De vez en cuando, se pasaba los dedos de la mano derecha por encima, acariciándose pero sin acariciarse, como si su única intención fuera la de volver loco a Alejandro.

Y, de alguna manera, así era. Esa había sido su única intención aquella noche.

—Creo que voy a correrme —escribió él lentamente con la mano izquierda mientras con la derecha continuaba masajeándose aquella polla que quería estallar de un momento a otro.

—Esas cosas no se creen. Se saben —escribió ella.

Pero Alejandro no pudo leerlo. Acababa de correrse y lo único que pudo hacer fue gemir como un perro apaleado.

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