Capítulo 2

capi21

Alejandro38: No sé ni por dónde empezar.

desdemona69: Por la boca. se empieza siempre por la boca.


La pantalla se abrió ante él como un jeroglífico ininteligible y suspiró mientras exhalaba el humo del Marlboro. Después lo apagó en el cenicero y frunció el ceño mientras trataba de identificar lo que aquel programa intentaba decirle. En inglés para más INRI. Pulsó un par de teclas —más guiado por su color verde que le invitaban a continuar el paso que porque realmente supiera qué querían decirle— y se le dijo que tenía que introducir un nombre.

A pesar de ser escritor, Alejandro no gozaba aquella noche de imaginación suficiente como para inventarse alguno. Y además su inexperiencia en todo esto a lo que se estaba enfrentando ahora no podía ni hacerle imaginar la cantidad de nombres que decidía ponerse la gente cuando entra en un chat de las características del que estaba a punto de entrar él. Puso su nombre y su edad. Punto. Información suficiente, pensó él. Después pulsó la teclita verde de nuevo y entonces volvió a quedar sumergido en un maremágnum de pantallas, nombres y colorines que a punto estuvieron de echarle para atrás y abandonar su nueva carrera en aquel chat cuando, de pronto, recibió un mensaje.

Alguien quería chatear con él, por lo visto. Se encogió de hombros y pulsó la tecla verde otra vez con el puntero del ratón. Después de hacerlo, contuvo el aliento y esperó.

Alejandro38: A mí me gusta la tuya.

desdemona69: te he dicho que tienes que ser más original

Alguien escribió un “hola” al otro lado de la pantalla y Alejandro no supo qué hacer ni cómo responder, volvió a mirar a su ordenador de nuevo y vio su imagen reflejada por la webcam en la pantalla. Otra ventana decía que la cámara de la persona con la que acababa de entablar una conversación, si por conversación podía entenderse aquello, estaba cargando.

Contuvo un gemido de expectación y no pudo evitar encenderse un nuevo Marlboro. Los Beatles sonaban a todo volumen por los altavoces del ordenador y trató de no ponerse nervioso ante el hecho de pensar cómo sería la persona que había decidido hablarle. Los segundos que estaba tardando en cargar aquella cámara se le estaban haciendo eternos y no dejaba de mirar su propio reflejo. Inconscientemente se limpió los restos de ceniza grisácea que todavía manchaban su camiseta y se metió por dentro la cadenilla dorada con aquella cruz tan pequeña que llevaba colgada al cuello desde su primera comunión. Aquello no era sexy. No era erótico. De hecho, aquella podría ser la noche que menos erótico se estaba sintiendo en años y esa podía ser una de las razones por las que su novela no estaba saliendo delante. No sentirse erótico y escribir una novela de ese estilo no casaban bien. Volvió a mirarse en la pantalla. Era diferente a mirarse a un espejo. Se sentía más desnudo que cuando se miraba sin ropa al espejo de su cuarto de baño. El cigarrillo se consumía y humeaba sobre sus labios resecos y pensó que necesitaba un nuevo vaso de whisky, pero no se arriesgaba a levantarse. No quería no estar presente cuando la otra persona apareciera. Y en ese momento fue cuando lo hizo.

Alejandro38: Entonces guíame tú.

desdemona69: eso es lo que estaba esperando que me pidieras desde que comenzamos a hablar.


Era morena. La chica que tenía delante era morena y tenía el pelo largo. Le gustaban las chicas con pelo largo. Le gustó desde el primer momento que el flequillo le tapara la parte derecha de la cara, le añadía un toque de misterio. Alejandro no supo por qué, pero pensar en esa palabra, misterio, hizo que le recorriera un escalofrío por el cuerpo. Sus labios eran carnosos y seguramente fuera más joven que él. Alejandro se preguntó qué coño podía hacer una chica como aquella en un chat pudiendo tener a todos los tíos que le diera la gana suplicándole un polvo o dos a sus pies en cualquier discoteca. Pero no le importó.

Ella sonrió levemente y levantó la mano en señal de saludo. Alejandro hizo lo mismo pero con tan mala suerte que se le cayó el cigarrillo y le quemó la camiseta. Ella se rió. No había sonido, pero Alejandro pensó que sus carcajadas seguramente se escucharan a dos metros a la redonda.

Llevaba puesto un sujetador negro. La piel oscura y seguramente suave le resaltaba bajo aquella pequeña porción de tela y él tuvo que tragar saliva y contener una mueca ante el pensamiento de sentir aquella piel bajo sus dedos.

Había tenido suerte.

—¿No me contestas al saludo? —le escribió ella.

—Lo siento. Hola —le respondió él con la velocidad de tecleo que años de escritura frente al ordenador le habían proporcionado.

—¿Te ha dolido?

—¿El qué?

—La quemadura. ¿Qué va a ser? Todavía no he hecho nada para que te duela.

—¡Ah! No. No te preocupes.

Alejandro se sentía estúpido, se sentía casi como un niño pequeño jugando con fuego de adultos. Estaba perdido, no sabía qué hacer. La imagen de aquella chica que parecía tan segura de sí misma y que parecía moverse tan bien en aquel medio le estaba haciendo sentir que su hombría descendía hasta por debajo del suelo y de nuevo estuvo tentado a cerrar la ventana, apagar el ordenador y acostarse. Sin embargo, la imagen que la webcam le proporcionaba de la mujer que tenía delante y con la que se estaba quedando embelesado, se lo impedía. Comenzaron a hablar. Alejandro pensaba que de nimiedades, pero los gestos de ella, el modo en que sonreía, el modo en que le tentaba y con el que le proporcionaba un comentario picante a cualquier cosa que él, con su incompetencia en aquellos menesteres, le decía, le hacían pensar que ella le estaba diciendo mucho más que lo que leía en la pantalla. Por eso le pidió que le guiara, porque no quería dejarla y su orgullo masculino le impedía seguir haciendo el ridículo.

—Entonces, guíame tú.

—Eso es lo que estaba esperando que me pidieras desde que comenzamos a hablar.

Alejandro sonrió y se sintió con la libertad suficiente para encender otro cigarrillo. Era extraño verse fumar en la pantalla del ordenador. Nunca se había visto haciéndolo. Ella hizo lo mismo. Exhaló el humo hacia la cámara y su imagen se difuminó por unos instantes. Alejandro pensó que aquella imagen era como la de un sueño.

—Aléjate un poco. Quiero verte.

Alejandro asintió. Se puso el cigarrillo entre los labios y empujó aquella silla de hombre de negocios exitoso hacia atrás. Su imagen quedó más pequeña en la pantalla, pero se vio a cuerpo completo.

—No está mal —dijo ella sonriendo de lado—. Me gusta lo que veo.

Alejandro sonrió. No sabía qué otra cosa hacer.

—Tócate un poco —le dijo ella—. Quiero ver cómo usas las manos.

Alejandro parpadeó un par de veces y a punto estuvo de dejar escapar una carcajada de nerviosismo, pero se contuvo. Era un hombre, no un niño, como un hombre tenía que comportarse. Así que lo hizo. Sonrió socarronamente a la pantalla y empezó por mesarse la barba sin dejar de mirarla. Mirar a la pantalla era como mirarle a ella a los ojos. Después, se pasó el dorso de la mano por la quijada, sintiendo lo áspera que la tenía. Se pasó la lengua por entre los dientes y bajó la mano hacia la camiseta. Pasó su mano derecha por encima suavemente, por su pecho, deteniéndose en el cuello de pico de la camiseta, por donde escapaban algunos de los vellos de su pecho, se acarició con el pulgar el trozo de piel que se escapaba por ahí y después continuó su camino, elevando el dedo índice, llevándose lo a los labios, que acarició suavemente.

No sabía exactamente qué estaba haciendo. Se estaba dejando llevar. Había algo excitante y macabro en seguir órdenes de una desconocida y su cuerpo estaba respondiendo. Estaba notando cómo se le levantaba una tienda de campaña bajo los calzoncillos y lo único que había hecho era tocarse. Era su mirada. La mirada de aquella chica en la pantalla. Cómo fumaba con parsimonia mientras él se tocaba y cómo sonreía lo que le estaba excitando y animando a continuar con aquello.

Ella frunció los labios y después sonrió levemente, como un mercader apreciando el ganado a punto de comprar en el mercado de abastos. Hizo un gesto para que se levantara de la silla. Ella apoyó los codos sobre la mesa y su cabello oscuro le cayó por la cara, así que se lo recogió en un moño dejando al descubierto unos hombros que seguramente fueran tan suaves como el resto de su piel. Alejandro sintió que empezaba a salivar ante aquella visión. Nunca nada le había excitado tanto como la visión de un cuello y unos hombros desnudos. Era la parte que más le gustaba del cuerpo femenino.

Él le hizo caso y se levantó. Ella le dijo que se acercara. Su paquete estuvo entonces frente a la cámara. Alejandro fue consciente de cómo se estaba extendiendo una mancha que oscurecía la tela gris de algodón de su bóxer allí donde su polla estaba empezando a crecer debido a la atmósfera del momento y a lo que aquella chica le estaba diciendo que hiciera.

Miró a la pantalla. Ella sonreía, tenía entornada la mirada y estaba terminándose el cigarrillo. El suyo hacía rato que se había consumido sobre el cenicero. Alejandro no sabía qué hacer con las manos, le sobraban. Se sentía inútil, incapaz de hacer nada a no ser que ella se lo ordenara.

Entonces ella empezó a acariciarse. Primero lentamente, como si no lo estuviera haciendo, como si solo le estuviera doliendo la espalda. Pero después su mano empezó a moverse un poco con más ganas sobre su piel. Apenas la rozaba. Eran sus uñas. Pintadas de un rojo brillante y lo suficientemente largas como para clavárselas en la espalda en el momento del éxtasis. Aquel pensamiento hizo que la polla de Alejandro vibrara por sí sola. Ella se rió y asintió complacida. Así que volvió a continuar aquel camino de caricias sobre su piel.

Sus dedos se acariciaban la cara, la mandíbula, la quijada, justo de la misma manera con la que lo había estado haciendo Alejandro minutos antes. Ella tenía cerrados los ojos y la boca entreabierta. Su mano izquierda, mientras tanto, subía y bajaba lentamente por el canalillo de pechos apretados que aquel sujetador de puntilla negra sostenía.

La derecha entonces subió hacia su boca, hacia aquellos labios carnosos entreabiertos a los que Alejandro no podía dejar de mirar y que en aquellos momentos le habría gustado lamer más que nada en el mundo.

Ella recorría el contorno de sus labios con la misma uña con la que antes se había estado acariciando la forma que el hueso de su clavícula dejaba sobre su piel, el dedo índice se lo acariciaba lentamente, dibujando cada contorno mientras seguía con los ojos cerrados y respirando lentamente, muy lentamente.

Entonces abrió los ojos y volvió a mirar a la pantalla. Sonrió mientras se mordisqueaba el dedo índice y entornaba la vista divertida. Alejandro había dejado crecer su polla sin darse cuenta de que ahora se le estaba escapando del bóxer y se levantaba hacia delante, hacia la cámara, dispuesta a hacer todo lo que aquella chica estuviera dispuesta a ordenarle.

Alejandro acababa de caer.

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