Capítulo 1

Alejandro38: Me gusta lo que llevas puesto.

desdemona69: qué pena.

habría preferido que me pidieras que me lo quitara.

La montaña de Marlboros sobre el cenicero amenazaba con derramarse sobre la mesa en un alud de ceniza y colillas. La pantalla del ordenador continuaba de un color blanco e impoluto y la atmósfera de la habitación estaba cada vez más cargada, lo que hizo que Alejandro se desesperara del todo y se levantara de aquel sillón giratorio comprado en Ikea para pasear por la habitación y pretender que, de aquella manera, quizá pudieran aclarársele las ideas. O aparecerle, mejor dicho, porque solo podrían aclarársele dichas ideas si ya las tuviera en la cabeza y, por el momento, su cabeza estaba tan en blanco como la pantalla del ordenador. Solo que más cargada y de peor humor.

Encendió un nuevo cigarrillo, el segundo paquete aquella noche, y se sirvió otro vaso de whisky en el mismo recipiente sucio donde se lo llevaba sirviendo toda la tarde y cuyo tintineo de hielos recién sacados del congelador le amplificaba en varios vatios la intensidad de su dolor de cabeza.

Los encargos, los jodidos encargos siempre habían logrado amargarle la existencia después de alzarse en el panorama literario como joven promesa. Ganó, todavía no sabía cómo, uno de esos premios de más trascendencia social que literaria con la misma novela con la que se había presentado a otros de menor categoría y por los que su obra se había paseado con más pena que gloria y, después de aquello, la sociedad, las revistas especializadas y los críticos le habían considerado escritor. De eso hacía ya diez años.

Alejandro38: Yo es que soy un poco nuevo en esto.

desdemona69: se te nota

Dio un par de vueltas alrededor de su apartamento de apenas cuarenta metros cuadrados con el cigarrillo entre los labios y no reaccionó hasta que la ceniza cayó sobre su camiseta interior, del mismo blanco inmaculado que su cerebro y que la pantalla del ordenador. Aquello hizo que su mal humor creciera a pasos agigantados. Soltó un gruñido.

Había tenido que salir a comprarla aquella mañana junto a otro par de calzoncillos, de los que también se había quedado sin reservas. Aquellas dos prendas eran las únicas que tenía limpias y era lo único que llevaba puesto aquella noche de sábado.

La ropa sucia se amontonaba alrededor del apartamento y ya no tenía ninguna excusa para no lavarlas. No estaba escribiendo. Y esa había sido, hasta ahora, la única excusa válida para no hacer nada. Si escribía podía permitírselo: no limpiar en semanas, comer comida basura, beber más alcohol del debido, fumar más tabaco del de costumbre y acostarse a las tantas. Sentarse frente al ordenador fumando un cigarrillo tras otro y emborrachándose noche tras noche no llevaba el suficiente condumio como para aderezar la consabida y explotada excusa para no limpiar.

Y sin embargo no lo hacía ni tenía pensado hacerlo. Todavía podría durar un par de días más con aquella ropa interior y en sus planes no entraba lo del salir de casa. No al menos hasta que hubiera escrito lo que se había propuesto. Que no era mucho. Un par de frases. Con un par de frases que le orientaran por dónde continuar se quedaría satisfecho.

Echó un vistazo a lo que le rodeaba mientras daba la última calada al cigarrillo, que se había consumido sin que apenas lo hubiera fumado, y suspiró mientras exhalaba el humo y apagaba la colilla bajo el grifo de agua, para cuidadosamente después colocar sus restos en la cúspide de la montaña de cigarrillos que llevaba acumulados sobre el cenicero. La mitad se habían consumido solos. Igual que su paciencia.

Dio una patada a su escritorio y profirió un gemido. Se había hecho daño. Se había olvidado de que estaba descalzo. Apretó los dientes mientras caminaba a pata coja soltando improperio tras improperio y volvió a sentarse sobre el sillón de oficinista exitoso.

Conspiraciones. Eso. Conspiraciones políticas; conspiraciones de la Iglesia Católica; conspiraciones políticas y de la Iglesia Católica, o de la Anglicana; espionaje; griales malditos; templarios y vampiros. De eso sí que sabía escribir, joder. Pero ¿sexo? El sexo a sus treinta y ocho años todavía no estaba siquiera seguro de saber hacerlo. Mucho menos de escribir sobre él.

desdemona69: qué es lo que buscas?

Alejandro38: No sé. ¿Y tú?

Había perdido la virginidad a los veintitrés años. Dos años más tarde que el resto de sus amigos, y una eternidad después de lo que a él le habría gustado perderla. Ni si quiera sabía ahora después de todo ese tiempo si la había perdido aquella vez o no. Lo intuía. Lo intuía porque se había despertado desnudo en una cama que no era la suya y porque se había encontrado un condón usado en el suelo. El condón lo descubrió cuando lo pisó nada más levantarse. Vomitó después, claro. Pero más bien por efecto de la inmensa resaca de la que su cerebro se estaba quejando que por otra razón.

Así que, aunque aquella no fuera en realidad la versión oficial de los hechos, esa era la versión que daba a todo el que le preguntara. Más que nada, porque no volvió a follar hasta después de varios meses, cuando ya tenía veinticuatro años, y decir que había perdido la virginidad casi en el ecuador de la veintena era mucho peor que acercar su pérdida a los diecinueve.

Después sí. Después de perderla había follado mucho. O al menos lo había intentado, que no siempre tenía éxito. Pero no fue porque sus dotes seductoras cambiaran de la noche a la mañana y, de pronto, lo que le había resultado difícil y una tarea harto imposible cambiara de plano, no. Folló simplemente porque encontró pareja. Una compañera de facultad que acabó siendo profesora de lengua española en un instituto y con quien acabó más o menos viviendo. Más o menos porque nunca se decidieron a dar el paso y porque Alejandro nunca se deshizo de su apartamento. Cosa que ahora agradecía, porque la tarde en que la chica en cuestión le había echado del suyo por razones que todavía no lograba comprender pero que pudo identificar a través de sus alaridos histéricos (le acusaba de ser un aburrido en la cama entre otras lindezas) tuvo un sitio caliente donde dormir aquella noche. Y todas las noches a partir de entonces.

desdemona69: es sábado por la noche y estoy aquí metida. qué crees que busco?

Alejandro38: ¿Sexo?

Después de aquello vino el premio y su supuesto cambio de vida. Dejó las clases y se dedicó a escribir a tiempo completo. Ya tenía nombre. Lo demás vendría rodado. Y más o menos, con algún tropezón que otro, así vino. Entrevistas, conferencias, otra novela, presentaciones, más entrevistas y conferencias, otra novela… Poco a poco se fue forjando sobre él la imagen que todo el mundo tiene sobre los escritores y poco a poco, a medida que le iban colgando la etiqueta, él se iba sintiendo cada vez más y más alejado de la misma.

A su edad prefería seguir saliendo de juerga con sus amigos de la infancia a quedarse escribiendo en casa. Leer leía, sí. Le apasionaba hacerlo, pero solo lo que le gustaba, nunca como escritor y nunca cuando podía hacer cualquier otra cosa como salir, emborracharse o fumarse un canuto; leía lo que le apetecía y lo que le apetecía no solía encontrarse muy a menudo en las obras que aparecían en los cánones más cultos. Para él escribir era algo tan natural como hacer la lista de la compra, no había escrito nunca en una Remington; la única vez que había probado la absenta había tenido que irse a vomitar al baño, no llevaba gafas, adoraba las camisas de rayas y solía llevarlas por encima de los vaqueros. No había fumado en pipa más que una vez. Y ni siquiera había sido tabaco normal. Lo más parecido entre él y James Joyce, por poner un ejemplo, era que ambos bebían más whisky que el resto de sus congéneres, y creía que la palabra bohemio se refería más bien a alguien oriundo de aquella región de Chequia que a un adjetivo que se pudiera aplicar sobre sí mismo.

El día que ganó el premio sus amigos se mofaron de él diciendo que ahora que tenía una novela en el mercado podría follar mucho más alardeando sobre lo misterioso, oscuro y tan lleno de fantasmas que se encontraba cada vez que saliera de caza por alguna discoteca cual escritor romántico.

Lo intentó.

Una vez.

En vez de éxito, obtuvo lo opuesto. La chica a la que intentó contarle aquella historieta acabó pensando que era un lunático y le pidió a su amigo, más musculoso, más grande y con mucha más mala leche que Alejandro, que por favor le alejara de él. No hizo falta que lo hiciera de todos modos, Alejandro se encargó de alejarse él solito.

Era más largo que alto y, además, por más que comiera, no engordaba ni un ápice. Lo mismo podía decirse de su masa muscular. Había intentado ir al gimnasio y lo único que había logrado al hacerlo era cansarse. A sus treinta y ocho años, el pelo moreno y rizado le vestía alguna que otra cana a la altura de las patillas, y las ojeras aparecían perennes bajo sus ojos castaños sin nada especial que los hiciera diferentes a otros miles de ojos.

desdemona69: te perdonaré esta vez por lo obvio de tu respuesta

Alejandro38: Gracias.

Miró hacia la pantalla del ordenador y comprobó que, efectivamente, no había escrito una sola palabra. No tenía nada. Ni siquiera una idea. Ni una. Ni una sola aunque fuera pequeñita. Se apretó los ojos y se mesó la barba que teóricamente era de tres días pero que le picaba más que si un batallón de hormigas se hubiera apoderado de su cara. Hacía días que no se afeitaba, que no comía en condiciones y que no dormía las horas que debía hacerlo. Tenía un aspecto terrible y a pesar de eso no podía detenerse a pensarlo. Tenía que escribir y tenía que hacerlo ya. No le quedaba más que un mes para entregarle la novela a su editor y no podía perder más tiempo.

Le habían encargado una novela erótica, una puta novela erótica. No tenía que ser tan difícil escribirla. Podía detenerse páginas y páginas con descripciones de cuerpos tersos y senos turgentes. Eso sabía hacerlo. El problema lo tenía en lo demás. En lo de, bueno, en lo que hacía a una novela una novela: Una historia que contar.

Su historial sexual no podía ser más pobre. No era algo en lo que pudiera basarse a no ser que fuera a escribir una novela cómica. También había visto infinidad de películas porno a lo largo de su vida y sabía por experiencia que lo que pudiera encontrar en ellas no se parecería mucho a una historia. Estaba paralizado, bloqueado completamente.

Y era la primera vez que le ocurría.

desdemona69: eres gracioso

Alejandro38: Gracias.

Encendió otro Marlboro y casi inconscientemente pulsó la pestaña del navegador de Internet. No tenía ningún correo. Pero no debería haberle sorprendido. Tan solo hacía diez minutos desde la última vez que lo había consultado y su agenda no era tan extensa como para andar recibiendo un correo electrónico tras otro.

Entonces fue cuando tuvo la idea.

desdemona69: pero la gracia por si sola no es suficiente para mantenerme en la pantalla.

Alejandro38: Entonces, ¿qué?

Un anuncio de esos molestos que se abren por sí solos en la ventana del explorador asaltó sin previo aviso su intimidad como usuario de Internet. Anunciaba un Chat. Un chat erótico a través de WebCam. Alejandro arqueó una ceja y pensó que no perdía nada por probarlo. Nunca había entrado en uno de aquellos chats, ni eróticos ni de ningún tipo, y al fin y al cabo se trataría de algo nuevo. Una experiencia nueva. Una experiencia sexual además. Si no le servía de nada, al menos tendría la excusa de haber estado investigando para la novela. Y puede que incluso se lo pasara bien.

Dándole una nueva calada al cigarrillo pulsó con el puntero del ratón sobre aquel anuncio.

desdemona69: podrías empezar por quitarte la ropa.

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